Y conquisté Valencia. ¡Soy maratoniana!

Y conquisté Valencia. ¡Soy maratoniana!

Preparar un maratón, no es fácil. Correr un maratón, no es fácil. Y escribir la crónica de tu primer maratón… pues tampoco es fácil. Aun sin bajarme de esa nube maravillosa que te envuelve cuando has conseguido superar un reto como el que me había marcado, me van llegando flashes del sueño imposible que viví el domingo 20 de noviembre. Dicen los que saben que el primer maratón nunca se olvida y que casi siempre se disfruta. Y desde luego mi caso forma parte de esa gran mayoría.

Me parece increíble haber empezado el año con un dedo del pie fracturado por dos sitios diferentes, y estar a punto de cerrar 2016 con la ansiada medalla de Valencia. Me parece increíble haber hecho realidad aquella frase, dicha sin mucho sentido por cierto, de “antes de cumplir los 40 me gustaría correr un maratón” (quedan apenas 4 meses). Tengo que pensarlo varias veces para darme cuenta de que lo he conseguido. Y aun así, me sigue parece increíble.

Con toda esa curiosidad que me despertaba la distancia, incluso después de haber finalizado con éxito la preparación de 20 semanas, aún quedaba el broche de oro: terminar. Pero el reto del fin de semana era doble: en mi caso correr mi primer maratón; en el caso de mi marido, vencer una marca que la prueba le debía desde hacía dos años. No sabía que iba a pasar a partir del km 30 (la distancia máxima que había entrenado). No sabía cómo iba a funcionar mi cabeza, esa que a veces te hace flaquear. Pero frente a las dudas, otra voz me decía “tú puedes hacerlo”.

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Así las cosas, y tras despedirme de Pablo en mi corral, empezaba la aventura. Allí, sola y con los nervios templados, pero nervios al fin y al cabo. Y de repente, caras conocidas. Ana, Paz y Vidal, mis amigos del Castrelos 20:30. Parecía una locura poder encontrar un rostro familiar entre casi 19:000 corredores, pero ocurrió. Y fue una alegría, la verdad.

Los latidos del corazón, Nino Bravo en el ambiente, y empieza la carrera. Primera duda: avanzan los kilómetros y las piernas no van frescas. Tenía la sensación de ir muy agarrotada, y creo que hasta el kilómetro 10 no conseguí ir más suelta. Cumpliendo con el reloj, arropada por un público para el que no hay calificativo por su grandeza, sin darme cuenta, pasé la media y llegué al kilómetro 23. Y vi a mi niña con la abuela. Madre mía… me faltaba el aire y empezaba a notar las lágrimas asomando. Así que en décimas de segundo decidí no parar, saludarlas y seguir. Traté de recomponerme como pude pero un kilómetro más adelante estaba mi amiga Ana. Ella es “culpable” en parte, de que yo volviese a calzarme unas zapatillas después de ser mamá. Así que muy emocionada otra vez tuve que sacar toda la artillería pesada para seguir. En ese momento mi reloj marcaba las 2 horas y 36 minutos, por lo que Pablo estaba muy cerca de la meta. Solo deseaba que le saliera bien. Porque Valencia se lo debía. Le pedí que si tenía fuerzas, y se acordaba, me diese una llamada perdida cuando pudiese, solo para saber que había llegado bien. Y un rato después sonó el teléfono. Y yo empecé a sonreír.

Llegué al km 30 relativamente bien. Ahora llegaba lo desconocido y parecía que todo iba bien. Durante la salida hacía frío, y las nubes no dejaban subir la temperatura, así que me había propuesto tirar en el 35 una pequeña chaqueta que llevaba atada a la cintura. Pero como todo iba según lo previsto, la tiré en el 32. Segunda duda: me empezaba a doler mucho la espalda. Curioso, ¿no?. Paré a estirar y tras incorporarme de nuevo empecé a descontar. Iba restando vueltas a mi jardín redondo como el mundo: “venga Nuria, quedan 9 vueltas a Castrelos, 8, 7…”. A partir del km 35 llegó de nuevo la emoción. Y me volvía a faltar el aire. Estaba hecho. Seguí los consejos de mi querida Rosario Carceller (Una runner con tacones) y desde ese momento corrí con una botella de agua en la mano. Me dijo que no esperase al avituallamiento siguiente: “como de repente tengas ganas de beber y tengas que esperar unos kilómetros, tu mente desconecta”. Fue un gran consejo, porque necesité el agua varias veces.

Y llegó el 40. Ya estaba. En el 41 iba llorando. Último giro a la derecha y el 42 con el inicio de la alfombra azul. Sabía que Pablo estaba al otro lado de ese arco, ¡estaba segura! Y solo quería abrazarle. Crucé la línea de meta con los brazos todo lo alto que los pude subir y tras darme cuenta de que lo había logrado, le encontré. Allí estábamos los dos. Emocionados, felices, pletóricos. ¡Habíamos cumplido por partida doble!

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Hasta el 20 de noviembre estaba un poco cansada de escuchar aquello de “solo el que ha corrido un maratón, sabe lo que se siente al cruzar la meta”. Ahora no puedo estar más de acuerdo. No son solo los kilómetros. No es solo la preparación. No es solo la carrera. Es algo que te cambia la vida, o la manera de querer vivirla. Alrededor de un maratón hay miles de historias mucho más apasionantes y heroicas que la que te acabo de contar. Pero esta es la mía. La que guardaré para siempre en mi corazón, porque para mi es increíble.

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Y antes de cerrar esta cajita, toca dar las gracias a muchas personas que lo hicieron posible (seguro que se queda alguna en el tintero)

A los abuelos de Vigo, por vuestra ayuda y apoyo total. Porque siempre que os suena el teléfono estáis ahí para sumar. Y a los abuelos de Lugo, porque pese a la distancia estáis a mi lado a cada paso que doy.

A la gran familia del CA Serrano por hacernos sentir como en casa. A Jose Garay (al que admiro y aprecio desde hace años), Alex Salvador y Rafa Puerto, porque pese a ser un fin de semana muy importante para el club, no dejasteis de tener una sonrisa y un gran abrazo para nosotros. Sois muy grandes y vuestro proyecto deportivo es envidiable. Y Rafa, ¡gracias por esperarme en la meta con Pablo!

A mis vecirruners, Ana y Rafa, por demostrarnos que el tiempo y la distancia no son más que medidas cuando las personas realmente dejan huella en tu corazón. Os queremos y os echamos de menos.

A mi fisio Sergio (y por extensión a Katia) por cuidarme tan bien durante esta preparación, y sobre todo al final, cuando vuestro maratón personal estaba también en pleno auge.

A Andrea (Lady Compostela) por ayudarme con los largos y compartir la emoción de este primer maratón.

A mis amigos de Castrelos 20:30, por los buenos consejos y la ayuda en el asfalto.

A Vane y Sandra, por estar tantas tardes con la peque para que yo pudiera ir a entrenar.

Y como no podía ser de otra manera, a ti, mi corazón, por creer que era posible. Por enseñarme a ver el mundo con otros ojos. Por acompañarme y guiarme en este sueño. Por conseguir de esta aventura un cuadro perfecto para enmarcar. Por ser siempre mi sonrisa. 

 

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