Maratón de Valencia 2017

Maratón de Valencia 2017

Antes de empezar a escribir este post se me pasan tantas cosas por la cabeza… La primera de ellas es no tener palabras para describir tanta emoción, tanta ilusión, tanta grandeza… Nunca sabes de lo que eres capaz hasta que te lo propones. Yo lo hice el año pasado, cuando me imaginé cruzando la línea de meta del Maratón de Valencia 2016. ¡Fue tan espectacular! Todo el que ha corrido esta distancia te dirá que el primero es único e irrepetible. Pero lo cierto es que, en mi caso, sigo en una nube, igual que el año pasado. La diferencia radica en que ya sabes a dónde vas. Ya sabes que en 42,195 metros pueden pasar muchas cosas. El año pasado  fui a terminar, sin mirar el reloj, disfrutando de todo lo que me rodeaba. Este año iba a apretar un poquito más el crono.

Y así nos plantamos en Valencia, con ese objetivo, con mi familia, y con mi amiga Andrea que, aunque finalmente este año no pudo finalizar la preparación para correr su primer maratón (os dejo aquí un vídeo de su canal) viajó hasta la ciudad del Turia para hacer unos cuantos kilómetros juntas y vivir una prueba de esta magnitud desde dentro.

Los nervios que se viven en la línea de salida de un reto que ya conoces son diferentes. Mientras esperaba mi turno (tardé como 10 minutos en llegar al arco de salida) pensaba en si recordaría bien el recorrido. Para mí, el primer maratón fue como el día de mi boda: muchos meses de preparación para apenas unas horas. Algo así como un sueño.

Y empecé a correr. El día anterior, en las jornadas que el CA Cárnicas Serrano dedica al maratón, escuchaba los consejos del gran Pablo Villalobos, acerca de frenarse un poco en los primeros 5 kilómetros, de no salir a tope. Y así lo hice. Mi sensación en la primera hora fue que hacía más calor que el año pasado, así que la ropa que llevaba demás me sobró muy rápido, y me preocupé un poco por cómo podría afrontar una temperatura más alta de lo habitual.

Jornada de clausura de Al Maratón con Serrano, con José Garay, Pablo Villalobos y Nacho Cáceres

Sin embargo, en el kilómetro 10 me pasó algo difícil de explicar (más de creer por parte del lector), pero absolutamente genial y que me hizo pensar que todo iba a salir como lo habíamos planificado. Se trata de una zona en la que, en mi caso, te cruzas con la cabeza de la carrera, que está a punto de llegar a la mitad del recorrido. Pues justo antes de alcanzar el avituallamiento del  10, y cuando sonaba una canción importante para mi marido y para mí, me crucé con él. La sonrisa y los buenos pensamientos me llenaron para seguir con ganas, y sobre todo, con mucha concentración para correr en el ritmo que nos habíamos marcado.

A la altura de la media maratón empecé a pensar en que en apenas 3 kilómetros estarían mi niña, la abuela y Andrea, que se uniría a la carrera en ese punto. Lo cierto es que el año pasado las vi de golpe, y aunque fue una emoción increíble, no me lo esperaba. Este año ya sabía dónde iban a estar situadas. Y a medida que me acercaba… Me vine abajo con todo el equipo, como se suele decir. Siempre he sido muy llorona. No puedo remediarlo. Con Andrea ya en carrera, y tras casi un kilómetro para recuperar el aire por el sofocón, enfilábamos la segunda parte de los 42. Así sin querer iban cayendo kilómetros. Recuerdo llegar al 30 y respirar aliviada (solo quedan 12 vueltas a Castrelos, mi jardín redondo como el mundo)

De repente, allá por el 32, apareció una molestia en la pierna derecha, que me hizo parar en dos ocasiones para probar el Réflex de los voluntarios. Tengo que reconocer que en este maratón, del 36 al 38 el recorrido se me hizo durillo. Sobre todo por el calor. En el kilómetro 39, y ya con algo de sombra, me despedí de Andrea, que se quedaba esperando a otro corredor amigo que venía un poco más atrás. Y es que ya no quedaba nada. Hace unos días me llegó un vídeo del kilómetros 40… ¡y hasta iba adelantando!

Kilómetro 41… llegada a la Ciudad de las Artes y las Ciencias… y mientras escribo esto… se me llenan los ojos de lágrimas otra vez al recordarlo. “Ya estás Nuria, ya lo tienes”. Y entonces llega esa alfombra azul que te hace correr sobre el agua. Y en tu mente se agolpan tantas cosas que no te da tiempo a pensar. Y de nuevo, allí estaba Pablo. Para darme ese abrazo que tanto significa. Y un poquito más adelante mi princesa, que no entendía por qué lloraba su mamá. “Es que tenía muchas ganas de verte mi amor”, le dije.

En esta ocasión habíamos logrado disfrutar de nuevo, y robarle 17 minutos al reloj, que no está nada mal. Volveré, lo prometo. Porque en Valencia nos sentimos como en casa. Porque han conseguido hacer del maratón un grandísimo evento deportivo. Por su organización, sus gentes, su cariño (en especial a la familia del CA Cárnicas Serrano… Alex, Jose, Rafa, Pepelu… nos dejáis siempre el corazón lleno y las ganas de vivir en una ciudad tan bella).

Sigo pensando que lo más bonito de todo esto es poder compartirlo. Y tengo la fortuna de poder hacerlo contigo.

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